Guadalcanalenses en el Nuevo Mundo
Antonio Gordón Bernabé.
Revista de Guadalcanal 1992
Guadalcanalenses en el Nuevo Mundo
Antonio Gordón Bernabé.
Revista de Guadalcanal 1992
RASGOS SOCIOECONOMICOS DE LOS EMIGRANTES A INDIAS.
Tercera parte
RASGOS SOCIOECONOMICOS DE LOS EMIGRANTES A INDIAS.
Segunda parte
JAVIER ORTIZ DE LA TABLA DUCASSE
RASGOS SOCIOECONOMICOS DE LOS EMIGRANTES A INDIAS.
Primera parte
LA EMIGRACIÓN A INDIAS
Administrador
General de las minas de Guadalcanal
De Ortiz de Zarate tanto las enciclopedias consultadas como la Biblioteca Nacional o la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, no existen fechas exactas de su lugar de nacimiento y fecha de deceso, la mayoría sitúan como fecha de nacimiento en 1514 en la ciudad de Valladolid y su fallecimiento en Sevilla en 1560, otras los sitúan en fechas y ciudades diferentes, inclusive en una entrada de la Real Academia de la Lengua en el que sitúan su nacimiento en la ciudad Alavesa de Orduña y su muerte según describe J.C. Santomayo en el mes de Mayo de 1570 en Madrid.
Teniendo gran importancia como
administrador de Minas del Reino y administrador general de las minas de
Guadalcanal, de la que fue nombrado al año siguiente de sus descubrimiento por
Carlos I, teniendo gran influencia en la corte y marcando la vida de
Guadalcanal y su minas administrando su riquezas durante más de tres años, su
faceta en la que los historiadores se detienen más en la de escritor, aun no
siendo cronista oficial de la Corona, su libro “Historia del descubrimiento y
conquista de las Provincias del Perú, y de los successos que en ella ha
auido, desde que se conquistó hasta que el Licenciado de la Gasca... boluio a
estos reynos... / la qual escreuia Agustín de Çarate", que fue impreso
en 1555 en Amberes, el mismo año que fue nombrado administrador general de las
minas de Guadalcanal, y reimpresa en Venecia en 1563 y en Sevilla en 1577,
además, fue traducida al francés, el alemán, el inglés y el italiano, de gran
calidad literaria, la obra no deja de hacer patente la concepción personal del
autor en la narración de unos hechos en los cuales, en muchos de ellos, él tomó
parte.
Esta obra fue encargada por el
príncipe y futuro rey Felipe II, narrando de una forma veraz la verdadera
historia de la conquista de Perú y sus acontecimientos anteriores y posteriores
a la conquista y teniendo el final cronológico en 1548 coincidiendo con la
muerte de Gonzalo Pizarro. Coincidió en América con Francisco de Mendoza,
Durante los quince años anteriores a su vuelta a España, fue Contador del
Consejo de Castila y en el año 1543 fue nombrado contador de mercedes del
virreinato de Perú y Tierra Firme, legando a América un años después con la
expedición del primer virrey, Blasco Núñez de la Vela, fue nombrado por la
Audiencia de Lima como negociador en la contienda entre las tropas de los
encomenderos de las que estaba al mando Gonzalo Pizarro y la casa del virrey,
siendo apresado en plenas negociaciones, finalizando esta contienda en la batalla
de Iñaquito (donde se asienta en la actualidad la Republica de Ecuador), cerca
de la ciudad de Quito donde fue derrotado y decapitado el primer virrey de Perú
Blasco Núñez de la Vela, liberado Ortiz regreso a España, donde tuvo que hacer
frente a una acusación de sedición y traición al Imperio Español.
Durante la última etapa de su vida
se retiró a la que parece ser que era su tierra natal y fue nombrado encargado
de aduanas de Vitoria y Salvatierra, donde se dedicó a escribir y narrar las
vivencias de su periplo en tierras americanas, describiendo la verdadera
historia de la cruel colonización y saqueo de aquellas tierras, igualmente se
la atribuye “Censura de la obra "Varones ilustres..." de Juan de
Castellano”.
Fuentes. - Archivo Histórico Nacional, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Espasa y autor.
Rafael Spínola Rodríguez
Sentado en una piedra y en el ocaso
de su vida, un anciano le dijo a su hijo: “Ni celeste ni terrestre te
hicimos, ni mortal, ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor
de ti mismo, más a tu gusto y hora, te forjes la forma que prefieras para ti
(...) ¡Altísima y admirable dicha del hombre!... Al que le fue dado tener lo
que desea, ser lo que quisiere.” (Oración acerca de la dignidad del hombre.
- Giovanni Pico della Mirandola (1484).
Tocados con un exceso de
inteligencia, los humanos somos los únicos mamíferos que saben que van a morir
poco después de nacer, que conocen su propio final cuando aún no han terminado
de escribir el prólogo de su vida, y que desde hace milenios albergan una común
y viva fantasía: “burlar a la muerte con falsas triquiñuelas”.
Con este fin inventamos hace
milenios las religiones y el pecado mortal, la literatura y el espiritismo, con
este fin diseñamos filosofías inmortales y construimos imperios caducos,
exploramos nuevos mundos y los colonizamos destruyendo sus creencias y culturas,
o ingenuamente hacemos el amor para volver a nacer o para dejar de morir, o
simplemente para creer que así seguiremos viviendo para siempre perpetuando
nuestra especie.
Desde hace apenas un par de siglos
los occidentales nos instalamos en la llamada era moderna y hemos desterrado la
idea de la reencarnación que proclamaban las diferentes culturas y religiones y
hemos depositado nuestra confianza sobre todo en la ciencia, abandonando la
idea de la vida eterna y la persecución de la piedra filosofal y la fuente de
la eterna juventud, esperamos que nuestros sesudos congéneres desentrañen las
causas físicas de la vejez y la muerte con el fin de contrarrestarlas, para que
los ricos puedan invertir en su futuro y los pobres nos tengamos que hipotecar
en el presente y así entre todos encontrar el elixir mágico que pueda derrotar
de una vez para siempre al enemigo común y final, la muerte.
Claro que todo esto me suena a
vanidad humana, tan sólo vanidad de alcanzar mediante nuestro ingenio lo que al
mundo natural le está vedado: la vida eterna, durar para siempre, y así poder
seguir destruyendo día a día nuestro hábitat, programar guerras a más largo
plazo, seguir pisando a nuestros semejantes, pero eso sí, todo esto,
eternamente, en definitiva, ser quienes somos pero sin fecha alguna de
caducidad, sin capacidad para seguir respetando la ley física del resto de los
mamíferos, vivir, reproducirse y morir dignamente.
Nuestra arrogancia sin límites sólo
se ve superada por nuestra infinita ignorancia, pero seguimos intentándolo,
todos los credos y dogmas se basan en la promesa abierta de la inmortalidad,
una eternidad invisible a nuestros ojos e incrustada en nuestra mente, una
impalpable vida eterna que continúa después de la muerte sin interrupción y sin
maldad, lo cual exige perpetuar una porción de nosotros que, a diferencia de
este cuerpo de carne, sangre y hueso, no muere jamás y que las diferentes
doctrinas laman: el alma.
Los creyentes creen que la muerte
deja de ser el final para pasar a ser la liberación de nuestra pequeña inmortal
porción de parte buena del ser humano del resto, y su viaje a un plano diferente
de la existencia donde nos espera la eternidad, ¿pero nos han preguntado si
queremos ser eternos?, o será simplemente un castigo si no hemos cumplido con
las exigencias del dios de cada cual, o tal vez sería una recompensa por ser
imperfectos, si hemos llevado a cabo los adecuados rituales de no ser piadosos
de manera dictada y prescrita con los demás humanos, pero repito, si esto es la
vida eterna, tendrían que consultarnos antes de enviarnos para allá.
Yo no me quiero desprender de mi
cuerpo, sus indignidades, amores, buenas acciones y debilidades, el ser humano
no puede ser igual que una crisálida, utilizar nuestro cuerpo como un
contenedor temporal, creo que nuestro verdadero “yo” vive para siempre, según
dice un proverbio árabe “la muerte no me asusta, porque cuando yo estoy ella
no viene y cuando ella venga yo ya no estaré” o algo parecido.
Finalmente, no debería extrañarnos
la obsesión humana por la muerte, el instinto de supervivencia es básico en
todos los animales e igual que ellos sentimos el impulso visceral y brutal para
esquivar a la muerte, el frenético deseo de vivir estaba ahí mucho antes de que
nuestro redondeado y prominente cerebro cayera en la cuenta de que a uno mismo
le toca morir, nacemos con ese don, los animales matan y mueren, pero no saben qué
les va a ocurrir a ellos; no tienen el impulso de vivir eternamente, dado que
en cierto sentido todos ellos viven en una eternidad, un tiempo sin futuro ni
pasado, un tiempo sin muerte programada.
Hoy, me gustaría tener esperanza en
la otra vida, pero lamentablemente nadie jamás ha vuelto del otro lado de la
muerte para confirmarlo; aunque muchos hayan alegado haberlo hecho,
reencarnados en seres más humanos, buenos y honrados, las pruebas indican lo
contrario, la vida es el principio de un ciclo y la muerte el final de un
instante, así que solo nos queda… La virginidad de nuestra alma.
RAFAEL SPÍNOLA RODRÍGUEZ