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sábado, 9 de agosto de 2025

Indianos de Guadalcanal

 

Guadalcanalenses en el Nuevo Mundo

    El sur de la Provincia de Extremadura fue una de las regiones que más conquistadores aportaron a América. Guadalcanal, que pertenecía a ella, se distinguió con un gran número de emigrantes, y así figura entre los treinta y dos pueblos y ciudades que más gente envió. Más que Ciudad Real, Ávila, Guadalajara, Jaén, y Málaga; Más que Écija y Sanlúcar de Barrameda; Más que Plasencia, Mérida, Llerena y Jerez de los Caballeros: O más que Fregenal, Azuaga y Fuente de Cantos y sigue a Medellín, patria de Hernán Cortés, con poca diferencia.
    ¿Por qué se produjo la emigración? La causa de la emigración ha sido siempre el buscar remedio a las necesidades que no se encuentran en el territorio de origen. En esa época vuelven al hogar tantos y tantos brazos que habían empuñado armas en las luchas sucesorias y en la guerra de Granada y ahora se encuentran sin meta. Toda la población, hidalgos y gente común, tendrían que dedicarse a las faenas agrícolas y ganaderas, de no ser porque el descubrimiento de las Indias abría una nueva salida para ellos.
    Las etapas de la emigración, son las siguientes:
>Etapa antillana, del 1506 al 1526, con salidas esporádicas individuales.
>Etapa novohispana, del 1527 al 1540. El 70% se va a México, el 11% a las Antillas, 6,5% al Perú, 6% a Tierra Firme, dos individuos al Plata, uno a la Florida y otro a Guatemala. 
>Segunda etapa novohispana, del 1554 a 1561: 33% a México, 21% a Perú, 20% a Antillas, 6,5% a Tierra Firme, 12%Nicaragua, uno a Florida y otro a Venezuela.
>Etapa Peruana, del 1566 a 1577; el 475 A Perú, 28% México y a Tierra Firme el 19%.
    En el siglo siguiente marchan sobre todo a México, que era llamado Nueva España, al que sigue Perú. En estos países hay muchos descendientes de Guadalcanal. La mayoría de los emigrantes que pasan solos son solteros y los acompañados son padres de mediana edad. Los primeros son jóvenes reclutados que buscan aventuras. A mediados del siglo XVI baja el número de aventureros y aumentan las mujeres y los niños para reunirse con sus maridos.
    Una oleada de artesanos, mineros, tenderos, abogados, médicos, funcionarios reales y eclesiásticos, marchan para disfrutar de mejores oportunidades. A los jóvenes sin oficio ya no les dejan pasar, porque hay muchos ociosos. Los casados ya no emigran sin sus esposas, y si están en Indias, las reclaman, pues la mayoría de los colonizadores habían tomado concubinas indígenas. En una carta de un capellán al rey en 1545 se dice: “Acá tienen algunos a setenta indias; syno es algún pobre no ay quien baje de cinco o de seys; la mayor parte de quinze y veynte, e no de treynta e quarenta…” En el archivo de Indias, hecho un recuento de guadalcanalenses en América, se ha hallado que entre 1493 y 1579 emigraron 352, desde el último año a 1600 fueron 38 y a lo largo del siglo XVII, setenta y cuatro, que hacen un total de 464 emigrantes, Si a esto añadimos los que se pudieron colocar de polizones, podrían llegar a los quinientos. Tenemos noticias de que en 1527 ya se había ido catorce y que la emigración fuerte fue entre 1527 y 1565.
    Guadalcanal en esa época aparece como una de las villas más pobladas de la Baja Extremadura, con unas cinco mil almas.
Las minas de plata descubiertas en 1555 no fueron obstáculos para la emigración, y aunque emigró mucha gente, hay que considerar las que vinieron a trabajar en las minas, que fueron muchas.
    Aunque Guadalcanal pertenecía a la región extremeña y formaba parte del triángulo formado por ella, Azuaga y Llerena, muy vinculados entre sí geográficamente y económicamente, se le relacionaba, como toda la sierra norte, con Sevilla, y de esta sierra eran los vinos que se exportaron a América desde el Descubrimiento mismo.
Los vinos claretes, mostos y tintos añejos eran famosos, hasta el punto de llevar los odres el nombre de Guadalcanal y, extendiéndolos los conquistadores por los nuevos territorios. El trasiego de gentes de un lado a otro del mar, llenaba el pueblo de noticias de ultramar, observándose qué tras salir varios individuos de diversas familias en los primeros viajes, vemos salir familiares más tarde al mismo sitio.
    Todos dejaron hermanos en el pueblo. Muchísimos eran parientes y es que antiguamente las familias de nuestro pueblo estaban unidas por lazos de consanguinidad. El éxito de un indiano influía sobre los paisanos para marcharse, aunque todos no consiguieron éxito y fortuna. Los años de máximas emigración son 1536, con ochenta y nueve personas, con predominio de familias a México, y 1561 con cuarenta y siete, entre ellos muchas familias labradoras, a Nicaragua y Santo Domingo. De todo lo cual se deduce que la emigración de Guadalcanal es fundamentalmente en el siglo XVI.
    El cronista Fernández de Oviedo, señala la fiebre que en todos los niveles despertaron las Indias cuando dice: “Hubo muchos que vendieron los patrimonios, rentas y haciendas que tenían y heredaron de sus padres, y otros, algo menos locos, las empeñaron por algunos años, dejando lo cierto por lo dudoso…, no temiendo en nada lo que tenían en comparación de lo que habían de adquirir y ganar en este camino.”
    El conquistador era por lo general individuo joven. Partían bastantes en pos de aventura, mejora económica y ascenso social. Querían servir a Dios y al rey, pero buscando también posición y riquezas.
    Según las leyes de Indias, el indiano debía ser gente limpia de toda raza de moro, judío, hereje o penitenciado por el Santo Oficio de la Inquisición. Para emigrar era necesario registrarse en la Casa de Contratación de Sevilla con un informe favorable de testigos del pueblo y ponerse en contacto con los dueños de naos o bien con mercaderes acordando el pago. En el Archivo de Indias existe un registro de la familia Bonilla cómo sigue: “Juan de Bonilla e Alonso de Bonilla, hijos de Alonso de Bonilla e Teresa Sánchez su mujer, vecinos de Guadalcanal, pasaron en la nao de Sancho Prieto al Perú, pasajeros de licencia del capitán Francisco Pizarro; juraron Antonio de Ortega y Francisco Muñoz García, vecinos de Guadalcanal, que conocen e que saben que no son de los prohibidos. Año 1534”.
    Del primero que se tiene noticia que emigró en 1509, es Pedro Gómez, artesano, que cambió su oficio por la espada. En 1515, Hernán González Remusgo de la Torre marchó para la conquista de Perú. Su sobrino Fernán González de la Torre, también se halló en dicha conquista. Francisco de Guadalcanal –su verdadero nombre era Francisco González de Bonilla- se asentó en Panamá, donde fue regidor. Mariana Veles de Ortega, una de las primeras que llegaron a Nueva España. Diego Gavilán, en la conquista del Perú, encomendero y fundador de Huamanga.
El caso de los Bonilla es el más representativo de una familia con éxito. Tras su tío Francisco de Guadalcanal, que marchó en 1517, pasó Rodrigo Núñez de Bonilla, que destacó en La Española y Tierra Firme, donde guerreó con sus armas y caballos, perdiendo muchos esclavos. De la conquista de Panamá pasó al Perú. Fue Tesorero de la Real Hacienda de Quito, recibiendo de Francisco Pizarro varias encomiendas, siendo de los más ricos de allí, pues se calculan en unos cien mil pesos de oro de la época. Más tarde fue nombrado gobernador de los Quijos. Su hijo Rodrigo reedificó la ciudad de Archidona, llamándola Santiago de Guadalcanal. En Quito encontramos también a Alonso de Bastida, que fue Tesorero Real. Pedro Martín Montanero y Juan Gutiérrez de Medina, fueron conquistadores y encomenderos.
    Miembros de la familia Ortega, Antonio y Pedro de Ortega Valencia, parientes de los Bonilla, que salieron de Guadalcanal en 1540, con rumbo a Nueva España, figurando en la Audiencia de Quito, y encontrándose Pedro como Alguacil Mayor de la provincia de Panamá en 1561. En el mismo registro de pasajeros encontramos a Bartolomé de la Parra, hijo del doctor Juan de la Parra. Sebastián del Toro y Rodrigo López, hijo de Pedro López el cerrajero. Otros miembros fueron Gonzalo Yanes de Ortega, su hermano, el mercader Alonso de Ortega; Rodrigo de Ortega y Jerónimo de Ortega Fuentes.
    Otros indianos fueron: Cristóbal de Arcos, mercader de ropa en Lima; Pedro de Arcos, Luis de Funes Bonilla, Juan de Bonilla Mexía, que mandó una barra de plata a su hermana María de Bonilla, y cuando llegó ya había fallecido; Francisco Rodríguez Hidalgo; Alonso y Francisco González de la Espada, dueños de recuas en Arica. Alonso y Juan González de Sancha, en Tucumán; el capitán Francisco de la Cava, en Potosí; Cristóbal López de la Torre, Álvaro García de la Parra, Juan Garzón, Alonso del Toro, Luis Camacho, Martín de Valencia y Ortega, Hernán Sánchez, el bachiller Pedro de Adrada, Gonzalo Pérez, Francisco Muñoz de la Rica y Esteban García, hijo de Diego Alonso Quintero.
    En México nos encontramos a Diego Ramos Gavilán y Antonio de Bastidas y su hermano Cristóbal de Bonilla Bastida, Hernando y Rodrigo Ramos, comerciantes y mineros; García Núñez de la Torre, en Taxco, minero. En Guanajuato, a Álvaro de Castilla Calderón, que destinó cincuenta mil ducados a erigir el Convento de la Concepción, y a su hermano Juan, ambos mercaderes y mineros, y a Gonzalo de Bonilla Barba, propietario de minas, igual que los anteriores. También se encontraban allí Hernán y García Ramos Caballero, Cristóbal Martín Zorro, Luis de Castilla Chaves, Alguacil Mayor de Minas; Pedro Ramos y Alonso de Castilla, que forman una colonia de Guadalcanal en Guanajuato. No podemos dejar de mencionar algunos más, como Pedro Sánchez de Gálvez, los Yanes, Rodrigo, Juan, Pedro, Gonzalo y Francisco, Miguel y Luis Ortega, Diego Ramos, el Rico y Martín Delgado, que marchó en 1535 y que tiene el mismo nombre que el descubridor de las minas de Pozo Rico.
    Sin olvidar María Ramos, la guadalcanalense mas relevante y que su vida merece un capítulo aparte.
    Se llamaban “peruleros” a los que habían estado en Perú y volvían a Guadalcanal con riquezas. Parece ser que el nombre se extendió a los indianos de cualquier parte que volvieran a su tierra.
    Entre los peruleros que había en nuestro pueblo se han encontrado los siguientes: Benito Carranco, en 1624 aparece en la collación de San Sebastián. Había sido socio con los González de Espada y con Arcos en Lima. Juan Bonilla Mejías, Jerónimo Ortega de la Fuente,
Luis de Bastida, Pedro Sánchez Holgado, Diego Gutiérrez, sastre en Guadalcanal; Francisco de Torres, Rodrigo de Ortega, que estuvo veinte años en México y regresó en 1608; Agustín de Sotomayor, que 1613 ya llevaba cuarenta años en el pueblo desde que volvió.
Los cinco últimos testificaron en un pleito que hubo sobre Álvaro de Castilla y la Concepción. También hallamos a Jerónimo González dela Espada, hermano de Pedro Martínez de la Pava, cura de Cajatambo, en Perú. Éste al morir, dejó por heredera a su sobrina Ana de Bonilla, de Guadalcanal, en 1615. Bartolomé de la Parra, el hijo del doctor de la Parra, regresó a Santo Domingo, seguramente para ver a sus padres y en 1565 marchó a Nueva Granada.
    Jerónimo de Ortega Valencia, que se fue a Tierra Firme en 1570, lo encontramos en Guadalcanal en 1570, regresando ese mismo año a Indias. Gonzalo Yanes de Ortega, que había venido del Perú, lo vemos marcharse en 1556. Diego Alonso Larios, emigró en1536 a México, volvió al pueblo en 1561, marcha otra vez acompañado de una esclava. También se ha encontrado a la perulera de Santiago en 1565 que tenía un esclavo. El nombre puede referirse a la calle Santiago o a su hospital. En 1577 María González.
    El más famoso perulero de Guadalcanal fue Alonso González de la Pava, que fundó el Convento del Espíritu Santo y un hospital anejo.
    Había hecho un gran capital en Potosí, en las minas de plata del Cerro, que estaban situadas en una montaña. Allí se relacionó con Francisco de la Cava y con Alonso González de la Espada.       En 1615 ya estaba en Guadalcanal y en esa fecha se empieza a construir el Convento, figurando en 1619 en la iglesia de Santa Ana, como padrino de bautizo de una sobrina nieta, pues él no tuvo descendencia. Se sabe que poseía minas en la provincia de León en Extremadura. En la escritura de donación manda se digan misas por la conversión de los indios y por las ánimas de los indios muertos en las minas de Potosí, falleciendo en 1620 y siendo sepultado en el Convento del Espíritu Santo, donde se puede ver su retrato en el retablo.
Su sobrino Juan González de la Pava quiso imitarle y marchó al Perú, siendo desheredado por su tío. Sin embargo, años más tarde aparece su nombre como patrono del Convento.

Antonio Gordón Bernabé.

Revista de Guadalcanal 1992

sábado, 2 de agosto de 2025

INDIANOS DE GUADALCANAL: SUS ACTIVIDADES EN AMERICA Y SUS LEGADOS A LA METROPOLI, SIGLO XVII (3/4)

RASGOS SOCIOECONOMICOS DE LOS EMIGRANTES A INDIAS.

Tercera parte

APENDICE
FICHAS BIOGRAFICAS DE:
ANTONIO DEL CASTILLO
CRISTÓBAL DE ARCOS MEDINA
FRANCISCO DE LA CAVA
ALONSO GONZÁLEZ DE LA PAVA
FRANCISCO Y ALONSO GONZÁLEZ DE LA ESPADA
LUIS DE FUNES DE BONILLA
FERNANDO RODRÍGUEZ HIDALGO
JUAN BONILLA MEXÍA
PEDRO MARTÍNEZ PAVA
DIEGO GONZÁLEZ HOLGADO
JERÓNIMO DE ORTEGA FUENTES
BEATRIZ DEL CASTILLO
ALONSO LÓPEZ DE LA TORRE
DIEGO RAMOS
ALVARO DE CASTILLA CALDERÓN
ANTONIO DE BASTIDAS
ALONSO LÓPEZ
GONZALO DE BONILLA BARBA

ANTONIO DEL CASTILLO (A.G.L, Contratación, 264-9) 
Miembro de una familia numerosa, hijo de Cristóbal Yáñez y María Yáñez (apellido éste muy frecuente en el Guadalcanal del XVI), contaba con cinco hermanos (cuatro hembras: María, Mayor, Teresa y Francisca; y un varón: Cristóbal), siendo sin duda el mayor de los varones, pues el otro aparece como "mozo" en los documentos emanados tras la muerte de su hermano. No debió dejar bienes en su tierra natal, o bien los liquidó al partir, pues no se consignan en su testamento y parece haber tomado estado en Indias, lo que puede indicar, junto con otras referencias (como la edad de su hermano y las de existencia de tíos en el pueblo) que pasó joven al Nuevo Mundo, sin que sepamos la fecha exacta del viaje. Por distintas incidencias sus legados no llegaron a Guadalcanal hasta el siglo XVII
En América aparece vinculado a una familia oriunda de su mismo pueblo, los Gavilán (de Huamanga) villa en la que se instaló, tal vez al amparo de sus paisanos. Parece haber tenido ciertas relaciones laborales o comerciales con Diego Gavilán, destacado en la conquista del Perú, encomendero y tronco de ilustre dinastía indiana, en cuya estancia moría en 1553 Castillo, dejándole a deber Gavilán unos 440 pesos. Casó en Perú (¿?) con María Rodríguez. vecina de Peñafiel, por la que prometió su padre (Juan Alonso de Badajoz) 600 pesos que nunca llegó a recibir Castillo. Este fue prosperando en fortuna hasta conseguir 2.500 pesos para formar compañía con Juan Colchado, logrando buenas ganancias, cifradas en un año en 700 pesos. Colchado además amplió los intercambios de la tienda establecida y formó nuevas compañías con otros sujetos, (uno de ellos Alonso de Bolaños). Sus negocios parecen centrados en venta de ropa y otros artículos; tenía además una manada de 80 cabezas de cabras, en Cocha, y 10 ovejas "de la tierra ". Su capital (sin contar el ganado) puede estipularse en unos 5 ó 6.000 pesos lo que ratifica su imagen de tendero local provinciano. Sin hijos en su matrimonio, aunque al testar quedaba preñada de tres meses su mujer, tuvo cuatro mestizos, a los que dio los nombres de su propia familia: Cristóbal, Mateo, María y Mayor, más una quinta, Elvira, cuya paternidad era puesta en entredicho por la madre. A cada uno de ellos dejaba 100 pesos de sus bienes; a sus cinco hermanos de Guadalcanal 250 pesos para cada uno. En febrero de 1553 hizo testamento en Socosconcha, estancia de la heredad de Diego Gavilán, junto al tambo de Sangala, siendo testigos el padre Pedro Ruiz, Juan Colchado, Bartolomé Vázquez y Gonzalo Hernández. Nombraba como albaceas a Diego Gavilán y a Pedro Ordoñez de Peñalosa, ambos vecinos de Huamanga; así como a su mujer. Tras los legados a sus hijos mestizos y hermanos (que totalizaban unos 1.750 pesos), pago de deudas (unos 425 pesos), disponía su entierro en la iglesia de San Francisco de Huamanga, con el consiguiente gasto así pagaron una serie de misas y disposiciones piadosas, no muy cuantiosas en comparación con otros paisanos y otros individuos de la época, más el pago a su pueblo de origen de 400 pesos de buen oro para invertir y obtener unas rentas fijas y seguras para sostener una capellanía que instituía. Dicha cantidad debía ser entregada a su tío Juan del Castillo y en caso de ausencia o muerte de éste a su hermano Cristóbal Yáñez y a falta de éste el cabildo debía darlo al clérigo pariente más próximo de su linaje o bien al "más hábil y docto ". Del resto de sus bienes dejaba heredera a su mujer en caso de que tuviera descendencia; en caso contrario serían herederos sus hermanos. Murió aproximadamente hacia 1553 en la misma estancia de Secos. Su viuda volvió a casar y parece que malparió, pues la herencia fue reclamada por los hermanos de Castillo. Sus bienes quedaron en poder del albacea Diego Gavilán y tras su muerte fueron reclamados a sus 47 hijos, Diego y Antonio Gavilán por Alonso de Mesa, defensor general de bienes de difuntos, en 1584. Habían transcurrido más de treinta años y aún no se había realizado la voluntad del testador. Sus herederos enviaron un poder a Juan o Francisco Muñoz Rico (individuo sin duda del pueblo u oriundo de él, por ser apellido de "pasajeros a Indias" para cobrar la herencia; no obstante, los 400 pesos de oro de la capellanía aún no se habían recibido en la metrópoli. Por fin en 1600 llegaron a Sevilla 320 pesos (sin duda deducidos costes de envío y otros devengos). equivalentes a 89.930 maravedíes, que fueron reclamados por Diego Vázquez, en nombre de Diego Martín Rico, clérigo presbítero y sobrino de Antonio del Castillo, para fundar la capellanía.

CRISTÓBAL DE ARCOS MEDINA, EL MOZO (A.G.I., Contratación, 362-7) (A.A.S., Capellanías, 873-20)
Mayor fortuna que su paisano Antonio del Castillo, consiguió también en el Perú y como mercader Cristóbal de Arcos, hijo de Juan González de Medina y de Catalina de Arcos, muertos ambos al testar aquél. Nada sabemos de su pase a Indias ni relaciones familiares en Guadalcanal que en dicho pueblo le sobrevivió su hermano Juan González, salvo de Medina, casado con María Yáñez de Bastida (apellidos ambos de indianos), cuyo hijo Cristóbal Arcos de Medina, clérigo de menores, sería el primer capellán de la capellanía fundada por su tío. No debió contar con más hermanos ni parientes próximos ya que no son mencionados ni recordados en su testamento, documento que nos ilustra sobre su vida y fortuna en el Perú. Testó, enfermo, en Los Reyes, donde parece haber estado radicado como mercader e integrado como ciudadano. En dicha ciudad ordenaba su entierro en la iglesia de San Francisco. con el hábito franciscano, orden a la que profesaba especial devoción, ya que disponía, si moría fuera de Lima, se le enterrara en el convento de San Francisco más próximo. Fue muy generoso al disponer su entierro, misas, sufragios por su alma y en obras pías: entierro bien pagado, con acompañamiento, incluidos los frailes franciscanos, misa cantada de cuerpo presente con música y ofrendas de pan, vino, cena y carneros "como es costumbre ", novenario de misas, 600 misas en los conventos e iglesias de la ciudad donde muriese, 200 por el alma de sus padres y otras en Lima; en Santo Domingo (a San Vicente Ferrer), en San Agustín (a Santa Gertrudis), además de limosna para cera en San Francisco, y 50 pesos respectivamente a los pobres de las cárceles, a los huérfanos expósitos, al hospital de San Andrés, a la cofradía de cautivos de Los Reyes y a la iglesia de Santa Ana de Guadalcanal. Dejaba varias mandas a amigos estantes en Lima: 100 pesos a Isabel de Palma, mujer de Pedro González Casasola, por "buenas obras" y a Elena de Rivera, en precaria situación, por los servicios prestados en su enfermedad y para ayuda a su boda, más 200 al Dr. Juan de Soto, abogado de la Audiencia limeña, por "amistad y buenas obras" y 100 a Juan Bautista de Lumbreras, su albacea, junto con Soto, por el trabajo de albaceazgo. De su capital, que calculaba en unos 10.000 pesos de a ocho, dejaba 1.000 ducados a su hermano en Guadalcanal o a sus herederos. Dos mil más los destinaba a fundar una capellanía en la iglesia de Santa Ana de dicho pueblo, y otros 2.000 para una obra pía destinada a casar cada año una doncella "honrada, virtuosa" y pariente o bien para ayudarla a profesar como religiosa, siendo patrones de la misma su hermano o pariente más cercano y el cura de Santa Ana. Los bienes que relaciona como propios consistían en empleos de ropa de Castilla (valoradas en 4.000 pesos) que había enviado a Charcas con Benito Carranco (concretamente a Chuquisaca) comprendida en una "memoria" mayor, de 50.000 pesos de Cristóbal López de la Torre, también a cargo de Carranco. Tanto éste como de la Torre parecen oriundos de Guadalcanal, por sus apellidos, apareciendo en otro testamento indiano. Además de algunas piezas de plata, un barretoncillo de oro y ropa de cama, ropa blanca y vestido, de los que tenía inventario, le reconocían deudas diversos individuos por un total de unos 5.700 pesos: Juan López de Mestanza, Juan García y su socio, Francisco Coronado y Francisco Moreno Pardo y Diego de Vega en mayor cuantía de 1.000 pesos (parecen residentes en Lima pues no se especifica su vecindad), como Sebastián Hernández Yuste, más Antonio Hernández Labrador y Nicolás Rubio(¿?), ambos en el Callao, siendo las deudas de estos tres últimos inferiores a los 200 pesos. Los bienes de la capellanía fundada en Guadalcanal ascendieron a 19.344 reales, siendo el primer capellán su sobrino de igual nombre.

EL CAPITÁN FRANCISCO DE LA CAVA (A.G.L, Contratación, 276-1 y 2) 
Ascendiendo en éxito social y económico se encuentra el capitán Francisco de la Cava, que consiguió una regular fortuna en su actividad mercantil, a mayor escala que sus anteriores paisanos, esta vez centrada en Potosí. Hijo de familia numerosa, procedía del primer matrimonio de Juan de Fuentes Ramírez y Juana López Hidalgo, que además de a éste tuvieron a Alonso López de Fuentes (el mayor de los varones) y a Mayor de Fuentes. Viudo el padre volvió a casar con Ana de Paz, teniendo los siguientes hijos: Diego, Beatriz y María de Fuentes, a los que Francisco nombrará como sus hermanos. No sabemos cuándo salió para Indias; curiosamente en 1561 se registra el pase de un Francisco de la Cava a Nicaragua, sin que pueda ser la misma persona, ya que los padres de éste rezan ser Francisco y Francisca de la Cava. Su actividad se centró en el comercio y se radicó en Potosí, donde era cofrade de la cofradía de la capilla de San Diego en el convento de San Francisco, y anteriormente estuvo cierto tiempo en Las Salinas. En la villa minera debió estar bien relacionado socialmente ya que uno de sus albaceas fue su paisano y riquísimo minero Alonso González de la Pava, regidor, y Juan de Torres Machuca; su medio paisano de Zafra, el rico mercader y capitán Hernando Jaramillo de Andrade también tuvo relaciones comerciales o de crédito con él, así como otros individuos de su villa natal, como se verá. Comerciaba fundamentalmente con vino (de Moquegua y Arequipa), coca, cueros y ganados entre Potosí, Totora, Porco y Las Salinas asiento en el que contaba con casa y ganado. En sus tratos aparecen otros mercaderes y tenderos hispanos, así como diferentes indígenas. Además de una casa en Potosí y otra en Las Salinas; un rebaño de 570 "carneros de la tierra" y otros nueve "herrados con mi hierro" en las Salinas; unas mulas, un caballo, 20 pesos de plata labrada; una cota, ropa y muebles de casa y una tienda alquilada en Potosí a Juan de Torres Machuca, era acreedor, por distintos conceptos, de diversos individuos hasta un total de unos 20.000 pesos, siendo los principales deudores Sebastián González Orejón, Francisco Francés (en Porco), Luis Perdomo (en las Salinas) y Diego de Funes Velasco. Testó en Potosí en abril de 1601, confesando haber estado enfermo. Ordenaba su entierro en el convento de San Francisco y con hábito franciscano (de nuevo la devoción a esta orden), con una misa de réquiem cantada y 50 rezadas; más 20 en Santo Domingo, e igual número en San Agustín y Las Mercedes y el doble en la iglesia mayor, pero "sin excesos de gasto ni pompa". Igualmente, pródigo fue en limosnas para la redención de cautivos (100 pesos), para las ánimas del purgatorio, el hospital (250 pesos), los pobres de la cárcel (150 pesos), el convento de San Agustín (100 pesos); a varios criados indígenas que tuvo en Las Salinas y al hospital, otros 250 pesos para curar indios. Algunas mandas a indígenas eran por "descargo de mi conciencia", mientras que las que distribuyó entre sus amigos y paisanos eran por reconocimiento y amistad (a Peribáñez, Cristóbal Montalvo), más Pedro Escudero, Juan de la Parra, hermano del anterior, y a Alonso de la Cava, a los que dejaba 500 pesos a cada uno; otros 500 a Diego Martín de Ortega para ayudar a casar a su hija y a Mariana del Castillo y su hija María de Ortega (mujer de Gaspar Garrido) a las que dejaba 300 por las atenciones que tuvieron durante su enfermedad. Mandaba fundar una capellanía con 1.450 pesos corrientes de a ocho en la cofradía de San Diego, en el convento de San Francisco de Potosí; y destinaba 3.000 pesos a repartir por igual entre sus hermanas (de padre) María y Beatriz de Fuentes; 1.000 para su medio hermano Diego de Fuentes y otros 1.000 para el hijo de su hermana Mayor de Fuentes; en caso de que éste hubiera muerto pasarían a los hijos de su hermano mayor. Además de otros 500 pesos de limosna que destinaba para el monasterio de Monjas de Guadalcanal, del resto de sus bienes dejaba por heredera a "su alma", ordenando instituir una capellanía en el convento de San Francisco de Guadalcanal, ya que no tenía descendencia directa, ni herederos de derecho ni legítimos. En la primera década del XVII se repartían en Sevilla 204 pesos ensayados de a 12 1/2 reales llegados como bienes de Cava entre Juan de Tejada (en nombre de su mujer Beatriz de Fuentes y de su cuñada María) (quienes llevarían las tres cuartas partes) y el Dr. Arias de Loyola (en nombre de su hermana, doña Micaela Arias de Loyola, tutora de sus hijos Juan y Juana de Fuentes, como viuda de Alonso López de Fuentes hermano de Cava). La hermana entera del capitán, Mayor de Fuentes murió, y su único hijo Pedro Sánchez Morales también murió sin herederos, por lo que de esta herencia se beneficiaron los hijos de Alonso López de Fuentes.

ALONSO GONZÁLEZ DE LA PAVA (A.A.S., Capellanías, 866-13)
Se incluye este personaje, que sin duda será tratado con mayor detenimiento en otra comunicación, por ser un típico indiano de Guadalcanal, mecenas del convento del Espíritu Santo de la villa. Como otros paisanos se radicó en Potosí, dedicándose al laboreo y beneficio de metales, consiguiendo una sólida posición y fortuna que le permitió, en 1612, destinar 50.000 pesos para emplearlos en la construcción del convento del Espíritu Santo. Curiosamente, como otros, aparece relacionado en Potosí con sus paisanos el capitán Francisco de la Cava y Alonso González de la Espada. El primero lo eligió como albacea testamentario y el segundo, con el que parece tener cierto parentesco (a través de los Ortega), encarga en su testamento ciertas mandas a su hermana; en caso de ausencia de ésta nombraba para recibirlas a su tío Diego Díaz de Ortega o al dicho González de la Pava, que por aquel tiempo ya había regresado a Guadalcanal. En 1620 daba poder a sus albaceas testamentarios, entre ellos Diego de Ortega Ramírez, regidor del pueblo, para hacer testamento en su nombre, siendo uno de los testigos de esta escritura el regidor D. Diego Díaz de Ortega, tal vez el mismo mencionado en otro párrafo. De su herencia excluyó a su sobrino Juan González de la Pava, que se encontraba ausente en Indias tal vez buscando igual fortuna que su tío y dejando las explotaciones mineras que éste tenía en la provincia de León de Extremadura, administradas por el alférez mayor Francisco de Rojas Bastidas.

FRANCISCO Y ALONSO DE LA ESPADA (A.G.I., Contratación 378-3)
Fueron sus padres Francisco González y Beatriz García Carranco, muertos ya al testar sus hijos, quienes terminaron sus días con un año de intervalo en Arica. Francisco murió en 1616 dejando a su hermano como uno de sus herederos y con la obligación de disponer el dinero suficiente para destinarlo a 1.000 misas por su alma que debían celebrar mitad de su herencia sería para Francisco Hernán en Guadalcanal. La de Nacarino, alférez real y mayordomo de la iglesia de Arica, por varias obligaciones y deudas de González de la Espada. Al año moría su hermano Alonso estableciendo una cláusula en su testamento en la que ordenaba enviar a su tierra natal 500 pesos para misas por su alma y las de sus difuntos. Consta que Alonso fue dueño de recuas y esclavos, actividad que tal vez también fuera la de su hermano, y sus negocios se extendían entre Arica y Potosí, lugares donde nombraba albaceas: en el primero al alguacil mayor Gaspar de Vargas Carvajal y a Pedro de Urrutia, y en el segundo a Juan Martínez de Cárdenas. Cumplidas sus mandas testamentarias y piadosas, dejaba distintos legados para su comadre y amigos en Arica por un valor total de 1.000 pesos, destinando varias cantidades para ayudar a casar doncellas de estas familias o socorro de una viuda (Magdalena Ramos, cuyo apellido es típico de Guadalcanal). Del resto de sus bienes instituía heredera a su alma, al no tener herederos forzosos, (aunque contaba con una hermana doncella en el pueblo) remanente que debía ser destinado para las obras pías que con anterioridad había comunicado a sus albaceas. Hay que recordar las relaciones de parentescos y paisanaje mantenidas en Indias pues si en unos casos no son explícitas, en otros son evidentes. Así dos de los testigos del testamento de Francisco González de la Espada, Cristóbal López de la Torre y Benito Carranco, son los mismos que aparecen en el testamento de Cristóbal de Arcos Medina, el mercader de los Reyes que estuvo relacionado con ellos en sus operaciones comerciales. Como en otras ocasiones hubo retraso en el cumplimiento de las últimas voluntades de ambos personajes y en la liquidación de sus bienes, teniendo que intervenir el oidor Blas de Torre Altamirano, juez mayor de bienes de difuntos de Lima, quien comisionó para este y otros casos similares al alférez Juan de Larra Morales (1624). En 1625 el defensor de bienes de difuntos de Arica Juan Ortiz de Uriarte apremiaba a uno de los albaceas (Pedro de Urrutia) para el pago de 560 pesos que había rete durante ocho años, exigiéndole intereses, daños y costas y declarando el embargo de una de sus heredades (de viña y olivar) en el valle de Ocurica. Por fin en 1628 Juana González de la Espada, hermana de los anteriores, recibía 730 pesos de la herencia de ambos, que debían ser destinados para misas en Guadalcanal.

LUIS DE FUNES DE BONILLA (A.G.l., Contratación, 312 A-9)
Varios individuos más del apellido Bonilla, y algunos de Funes, se encontraban por las mismas fechas o en anteriores en el virreinato del Perú. Se desconoce la fecha exacta de su pase a Indias, aunque parece fue en la década de 1580. Era hijo de Francisco Funes de Banegas y de Isabel Yáñes de Ortega, muertos ya al testar su hijo en 1609. Casó hacia 1574 en Guadalcanal Abasta (o Bastida), hija de Gonzalo Yanez de Abasta con Mayor de la Caballera y Mayor Rodríguez, recibiendo como dote unos 600 ducados, valor de la tercera parte de la casa de sus suegros (en la calle de la Plazuela), una suerte de pan sembrar en la Torrecilla (término del pueblo), la mitad de una bodega en las mismas casas, tres aranzadas de viñas, 20.000 maravedíes al contado y ajuar de ropa de lino y lana y otros enseres de la casa valorados en 60.000 maravedíes . Sin hijos de su matrimonio dejó el pueblo (y a su mujer en él), para probar mayor fortuna en Indias. Allí estuvo al servicio de D. Alonso de Vargas, caballero de Alcántara y vecino de los Reyes, administrando una heredad y cobrando las tasas de sus indios en Arica. En esta ciudad lo encontró su paisano Luis de Bastida, que luego regresaría a Guadalcanal daría noticias suyas, añadiendo así referencias a las que se tenían y por sus cartas y misivas a familiares y amigos. Más tarde se avecindó en Lima donde contaba con casa propia y donde parece que siguió al servicio de D. Alonso de Vargas, aunque con mejor fortuna, sin que fuera relevante. Tuvo indios, dos o tres, a su servicio una negra, además de contar con "ropa costosa ", si bien el grueso y de su fortuna consistía en 3.000 pesos de a ocho que le debía por sus servicios D. Alonso de Vargas y unos 300 pesos de los que era acreedor. En Arica o Lima tuvo un hijo natural, Francisco Funes de Bonilla, al que tuvo en su compañía, reconoció como tal en su testamento y le nombró heredero de sus bienes, una vez deducidas cortas mandas. Confirmando la devoción franciscana de sus paisanos y coetáneos, ordenaba su entierro con el hábito de la orden en San Francisco de Lima, con una misa de cuerpo presente y 50 misas rezadas, siendo poco generoso, en comparación con otros, para estas atenciones religiosas u obras pías y en consonancia con su menguado capital. Mandaba que los 600 ducados recibidos como dote con su mujer le fueran devueltos a ella o a sus herederos. Mayor Abasta, hacia 1599, había abandonado Guadalcanal para avecindarse en Sevilla con su sobrina María de Robles (hija de su hermana Francisca Rodríguez) y el marido de ésta Miguel Méndez. En 1613 muerta la tía, María de Robles de Mendoza, por sí y por sus hijos y como heredera de la anterior, reclamaba los 44.091 maravedíes llegados a Sevilla según ordenaba el testamento de Funes.

JAVIER ORTIZ DE LA TABLA DUCASSE

sábado, 26 de julio de 2025

INDIANOS DE GUADALCANAL: SUS ACTIVIDADES EN AMERICA Y SUS LEGADOS A LA METROPOLI, SIGLO XVII (2/4)

RASGOS SOCIOECONOMICOS DE LOS EMIGRANTES A INDIAS.

Segunda parte

RADICACIÓN Y ACTIVIDAD EN AMÉRICA
A lo largo del XVI los polos de atracción fundamentales para los vecinos de Guadalcanal iban a ser Nueva España y Perú.
Tal tendencia viene demostrada también por el lugar de residencia de los individuos a examen: 8 en el Perú, 2 en Quito, 6 en Nueva España 1, en Panamá y otro en el Río de la Plata. La emigración de Guadalcanal, aunque aparece con los más diversos destinos, se centró casi en exclusiva en ambas áreas antes indicadas siendo esporádicas y excepcionales las salidas a otras regiones. Incluso encontramos distintos enclaves peruanos o mexicanos con diversos representantes de este pueblo.
En ambos bloques, peruano y novohispano, hay una curiosa similitud de actividades entre los colonos: mineros, mercaderes y tenderos en el área andina; mineros y comerciantes en Nueva España. En su trabajo sobre los mineros y comerciantes del México Borbónico Brading analiza el fenómeno típico de emigración peninsular, preferentemente montañesa, a los centros comerciales y mineros del virreinato, atraídos por su bonanza y, sobre todo, por reclamos familiares insertándose en las élites regionales. (7)
Si este es un fenómeno típico en el siglo XVIII que puede extenderse a otras áreas hispanoamericanas, por la breve muestra que ahora contamos respecto a la emigración de Guadalcanal, se puede avanzar que dicho modelo se establece en fechas y siglos anteriores como se verá a continuación. En el trabajo anterior sobre Guadalcanal insistí en la importancia que el éxito de un familiar o paisano en Indias pudo tener en la villa para motivar la salida posterior de diferentes emigrantes más, para repetir la aventura o proseguir la fortuna del indiano venturoso. Fama, fortuna y arraigo consiguieron en los primeros momentos de la conquista varios sujetos que irán atrayendo a familiares y paisanos.
En Tierra Firme, en las expediciones de Nicuesa, Balboa y Pedrarias, Francisco González de Guadal que se asentó en Panamá donde fue regidor; en Perú,-canal, Fernán González Remusgo de la Torre, regidor de Lima, tras el que aparecen varios parientes en el virreinato; también allí, Diego Gavilán, destacado en la conquista, encomendero y fundador de Huamanga, donde se asentará su linaje atrayendo a deudos y amigos, siendo tronco de la familia indiana del famoso cronista de Copacabana Alfonso Ramos Gavilán; en Quito, Rodrigo Núñez de Bonilla, conquistador, tesorero, encomendero y fundador de un destacado linaje indiano, gobernador de los Quijos como su pariente y paisano Alonso de Bastida, de similar trayectoria y fortuna; junto a ellos Pedro Martín Montanero y Juan Gutiérrez de Medina, también conquistadores y encomenderos; y en el mismo ámbito quiteño los Ortega Valencia, la familia del descubridor de la isla de Guadalcanal estos mismo linajes continúan pasando a Indias-. De durante el XVI y XVII distintos miembros. Ya he señalado el caso notorio de los Bonilla en otras Jornadas.
Ahora insistiré en relaciones y vinculaciones de estos individuos en sus actividades en el Nuevo Mundo. En el área peruana se encuentran varios con actividades centradas en el comercio y la minería, con diversas conexiones y similitudes entre sí. En Lima se asentó Cristóbal de Arcos Medina como mercader dedicado al tráfico de ropa de Castilla.
En sus operaciones comerciales aparece relacionado con Benito Carranco y, Cristóbal López de la Torre, probablemente también de Guadalcanal que aparecerán además vinculados a los hermanos González de la Espada, como luego se verá. Consiguió una regular fortuna valorada en unos 10.000 pesos, parte de la cual fue a parar en mandas y obras pías a Guadalcanal. Además de sus paisanos antes mencionados, la mujer de su hermano, María Yáñez de Bastida, contaba con otros parientes en el virreinato. Otra señora de este apellido, Mayor de Bastida, sería la beneficiaria de algunos bienes de su marido, Luis de Funes Bonilla, muerto en Lima a principios del XVII. Había pasado a Indias hacia 1570-80 y aparece al servicio de D. Alonso de Vargas, como administrador de su hacienda y recaudador de sus tributos en Arica.
Allí contaba con varios paisanos y conocidos que mencionaremos más adelante y entre ellos Luis de Bastida, quien regresó más tarde a Guadalcanal. Sin hijos de su matrimonio, dejó heredero universal de sus bienes, que no parecen muy cuantiosos, a su hijo natural Francisco Funes de Bonilla. Otro de sus parientes, Juan de Bonilla Mexía, moría poco después en Lima, sin que sepamos su ocupación, aunque parece haber estado centrada en dicha capital y en Cuzco, fundando una capellanía. Otra fundaría en la misma iglesia de Santa María, su paisano Fernando Rodríguez Hidalgo, que también se había instalado en la ciudad de Los Reyes, donde murió Antonio del Castillo, cuyo sobrino Diego Martín Rincón disfrutaría su capellanía y la de Rodríguez Hidalgo, murió en murió Huamanga, aunque sus bienes no llegaron a Sevilla hasta 1600. Tenía tienda en dicha villa y murió en la estancia de su paisano Diego Gavilán, que fue su albacea testamentario. Como Funes Bonilla dejó cinco hijos, mestizos, de diversas madres, a quienes recordaría en su testamento, no dejando descendencia legítima de su mujer.
En Arica se establecieron como dueños de recuas y esclavos los hermanos Alonso y Francisco González de la Espada, quienes como Cristóbal de Arcos Medina aparecen relacionados con Cristóbal López de la Torre y Benito Carranco, tal vez pariente éste de la madre de ambos Beatriz Carranco. Otro pariente suyo había pasado al Perú (Jerónimo González de la Espada) regresando más tarde a Guadalcanal. Un hermano de éste, Pedro Martínez Pava, murió como cura de la doctrina de Cajatambo dejando como heredera de sus cortos bienes a su sobrina Ana de Bonilla, que pudo cobrarlos gracias a las diligencias de su pariente Francisco Núñez de Bonilla en Lima. Martínez Pava, como doctrinero, no consiguió la fortuna, inmensa, que había logrado su pariente Alonso González de la Pava en Potosí. González de la Pava amasó como minero en el Cerro un importante capital que le permitió destinar 50.000 pesos de a ocho para fundar un convento en Guadalcanal, regresar a su pueblo y seguir dedicado a la actividad minera. Su sobrino, Juan González de la Pava, tal vez no contento con esta fortuna decidió probar la suya propia, marchó a América siendo desheredado por su tío. Precisamente había sido albacea testamentario de otro de sus paisanos muerto en Potosí en 1601, el capitán Francisco de la Cava, que en su actividad mercantil logró también un buen capital, que luego benefició a sus parientes e iglesias de Guadalcanal.
En el virreinato novohispano estos indianos aparecen también vinculados con actividades mineras y comerciales. Tal vez fuera el caso de Diego Ramos Gavilán (cuyos parientes hemos visto en Perú), y que entre otras sumas mandó a su pueblo 4.000 ducados para obras pías. Igualmente, asentado en México y generoso al morir fue Antonio de Bastidas, que se hallaba en la capital virreinal junto con su hermano Cristóbal de Bonilla Bastida y relacionado con sus paisanos Hernando y Rodrigo Ramos, comerciantes y mineros del virreinato. Cristóbal llegó a ser prior del Consulado de México, lo que indica la preeminencia y fortuna lograda en 1617. (8)
En Tlaxcala murió Alonso López, dejando 3.000 pesos de plata y otros bienes para una capellanía. Otro homónimo Alonso López de la Torre se había asentado con su hermano en Taxco. Allí acudieron ante la suerte de su tío García Núñez de la Torre, uno de los primeros mineros de la zona, quien fundaría otra capellanía en Guadalcanal y dejaría por herederos de sus minas a sus sobrinos, que las siguieron explotando. Al morir Alonso López de la Torre, además de otras mandas enviadas a sus parientes, fundó una capellanía que disfrutaría su sobrino nieto Pedro Bonilla de la Torre. Si en Taxco encontramos a los de la Torre, Bonilla y Ramos, en Guanajuato se establecieron Álvaro de Castilla Calderón y Gonzalo de Bonilla Barba, fundadores de capellanías y prósperos indianos. Álvaro de Castilla aparece como mercader y minero, al igual que su hermano Juan de Castilla, repartiendo su actividad entre México y Guanajuato, donde conocieron su prosperidad sus paisanos Diego Gutiérrez, sastre de Guadalcanal, Pedro Sánchez Holgado, Rodrigo de Ortega y Agustín de Sotomayor, que vueltos a la península propagaron su fortuna.
Finalmente, Gonzalo de Bonilla Barba, llegando al virreinato después que los anteriores, repite su modelo. Se estable México y Guanajuato, dedicándose primero al comercio en de menudeo, asociándose a los Castilla (Juan y Álvaro, que parecen ser los socios capitalistas), prosperando en esta actividad, pasó al arrendamiento de haciendas de minas y terminó como propietario de minas e ingenios de beneficio de metales. Aparece también vinculado en sus relaciones mercantiles y mineras a Hernán y García Ramos Caballero, mercaderes y mineros; a Cristóbal Martín Zorro, como vecino y amigo de Luis de Castilla Chávez, alguacil mayor de minas en Guanajuato siendo testigos en su testamento sus también paisanos Pedro Ramos y Alonso de Castilla. Toda una colonia de Guadalcanal en Guanajuato.

LOS CAUDALES INDIANOS
Salvo el doctrinero Martínez de la Pava, el resto de indianos parece haber conseguido una relativa suerte y fortuna en sus diversas actividades en Indias y aún con todo, del clérigo pudo recibir su sobrina 340 pesos como ayuda a su dote. ¿Cómo influyó su suerte en la vida de Guadalcanal?, con esta documentación presente la cuantificación de los caudales remitidos a la villa tiene varias limitaciones. Por una parte, en cuanto a la documentación de capellanías sólo suele recoger la cifra destinada a tal fin. La de bienes de difuntos, si incluye testamento suele ser más precisa en el resto de las mandas, aunque si se trata de remanentes de bienes y herencias globales es imposible calibrar la cuantía.
Por otra parte, según se desprende de esta documenta que contemplar la posibilidad y evidencia, a veces, hay de que estos indianos durante su vida iban remitiendo, o traían personalmente, caudales y bienes a la península. Algunas de estas mandas pueden rastrearse en los fondos de los archivos notariales de Sevilla —y sin duda en los de Guadalcanal—; otras, con seguridad, no habrán dejado rastro documental. Por ello es importante conocer el entorno familiar más próximo de los emigrantes para, a través de sus parientes, calibrar la posible incidencia de legados americanos en sus patrimonios.
Con todo las mandas testamentarias y fundaciones de capellanías, limosnas y obras pías de Guadalcanal, pueden ser un índice para valorar el impacto americano en la villa. Y el impacto lo recibimos ahora también nosotros al cuantificar dichos envíos. Desde los 340 pesos de Martínez Pava hasta los 50.000 de su pariente González de la Pava o los 40.000 ducados de Álvaro de Castilla, hay distintos tipos de fortunas. Grosso modo desde 1580 hasta la década de 1620, en estos 19 casos, hemos contabilizado en las distintas mandas unos 38 millo cifra impresionante para dicho número de maravedíes, de los emigrantes. Hay que tener en cuenta que sólo las fundaciones del convento de González Pava y el hospital de Álvaro de Castilla totalizaron 76.300 ducados. Profundizando más el análisis observamos que el total remitido por 6 de estos emigrantes supuso unos 35 millones de maravedíes (20 llegaron del Perú y 15 de Nueva España) procedentes fundamentalmente de la actividad minera. Y curiosamente iban a beneficiar directa o indirectamente a familias de reconocido prestigio y posición en la villa: los Castilla, los de la Cava, los de la Pava y los Bastidas. Igualmente, las capellanías beneficiarían a las familias de los fundadores, como patronos y capellanes; vincularían diversas propiedades a esta institución y a estas familias y ser como sistema de crédito a innumerables vecinos de la villa.
En el aspecto artístico es innegable la repercusión de estos caudales. Son diversos los casos en que se ordena erigir nuevos altares, retablos y capillas; efectuar algunas reformas u obras; levantar un convento y un hospital, e indirectamente, al enriquecer a familias, capellanes e iglesias se posibilitaba un posterior mecenazgo de estos. Es interesante advertir la canalización de gran parte de estos capitales hacia instituciones religiosas y la Iglesia en general, fenómeno que sin duda incidirá e incrementará la acumulación de bienes en «manos muertas». Tal vez la institución de estas capellanías y obras pías favoreció el fenómeno observado por distintos autores en la España del siglo XVII de la proliferación del clero, muchos de cuyos miembros conseguían disfrutar estos bienes como parientes más o menos cercanos de los fundadores. Sin duda estas rentas fueron buenos estímulos y acicates para incrementar las «vocaciones» de hidalgos y segundones depauperados.

CONCLUSIONES
Cuando contemplamos un movimiento migratorio de tal magnitud en Guadalcanal, incluso después de descubiertas sus famosas minas; cuando comprobamos el éxito de muchos de estos indianos como conquistadores, pobladores, comerciantes y mineros; cuando vemos salir del pueblo hombres adultos que liquidan su hacienda y dejan sus familias para marchar a Indias y los encontramos en Perú o México relacionados estrechamente con parientes y paisanos anteriormente establecidos, llegamos a pensar en la importancia que los factores de atracción del Nuevo Mundo, más tal vez que los de repulsión del Viejo, tuvieron para ciertos sectores de estos emigrantes. Por otra parte, su asentamiento en América resulta menos caprichoso y fortuito que lo que hasta aquí conocíamos.
No marchan a ciegas a descubrir nuevos Dorados; van a asentarse junto o con sus familiares y paisanos; a continuar sus negocios comerciales o mineros, como luego en el XVIII y XIX repetirán montañeses, vascos, navarros, asturianos y gallegos. Van y vienen a la península con mayor facilidad que se creía; envían cartas, encargos, caudales y bienes con mayor frecuencia que la sospechada. Muchos regresan sanos y salvos como auténticos indianos a su villa natal. Son activos mercaderes, financieros, mineros, tenderos y arrieros, pioneros en algunas actividades coloniales, más que simples y ociosos rentistas como muchas veces se les pinta. Mandan importantes sumas a su pueblo, pero gran parte de su hacienda queda, aún sin herederos allá, en Indias, a través de capellanías, limosnas, y obras pías, gastos de entierro, etc.; legados a amigos y familiares también indianos o hijos legítimos o naturales allí establecidos. Sin duda en Guadalcanal tanto el movimiento migratorio como la remesa de caudales que apuntamos tuvo importantes repercusiones que estamos lejos aún de poder calibrar.
Cuando conozcamos más ejemplos locales o regionales tal vez todas estas afirmaciones queden más precisas o puedan ser generalizadas.

Notas.-
(7) Brading, D. A.: Mineros y comerciantes en el México borbónico (1763-1810). Madrid, 1975.
(8) Cartas del Consulado de México, I617-1625. A.G.I., México, 322 y Consulados,

JAVIER ORTIZ DE LA TABLA DUCASSE

sábado, 19 de julio de 2025

EL LEGADO DEL PASADO

El Canal del Bajo Guadalquivir,
también llamado el “Canal de los presos",
fue construido entre los años 1940 al 1962

Recordar es vivir, y vivir, 
mantener vivos los sueños.
José Saramago.
    
    Los proyectos para la transformación en regadío de las marismas del bajo Guadalquivir se remontan a principios del siglo XIX, pero por ser una obra de tal magnitud, no fue hasta 1940 cuando se inició su construcción, que se concluyó en 1962. 
    El canal del bajo Guadalquivir es un canal de riego, infraestructura hidráulica destinada originalmente a poner en riego una superficie de 56.000 hectáreas de las provincias de Sevilla y Cádiz. Actualmente riega una superficie de 80.000 ha. 
    Parte del embalse de Peñaflor en Sevilla y recorre 158 Km. hasta las marismas de Cádiz. La obra se llevó a cabo por presos políticos de la dictadura, a "pico y pala", siguiendo la política de Redención de Penas por el Trabajo, llegando a contar con 2.000 presos. A lo largo de su recorrido se jalonaban campos de trabajo como en Los Merinales, El Arenoso, La Corchuela en Dos Hermanas, asimismo los familiares también crearon los poblados de Torreblanca y Valdezorras, en Sevilla, Quintillo en Dos Hermanas o El Palmar de Troya, en Utrera. 
    En el año 2006 al tramo comprendido entre La Rinconada y Dos Hermanas se le cambió la denominación por "Canal de los Presos". Un monumento a la memoria histórica de Los Merinales se instaló el día 17 de junio de 2009 en la rotonda donde empieza la finca del Charco del Pastor, antigua entrada al campo de trabajo de Los Merinales. Tan vasta operación hidráulica pasó por numerosas vicisitudes asociadas a los conflictos de intereses afectados por la derivación de aguas del Guadalquivir. Desde los de los gestores del Puerto de Sevilla, hasta la participación de la empresa privada en la financiación de las obras. Todo lo cual se reflejó en la compleja trayectoria de su planificación y ejecución. 
    Son elocuentes de esta complejidad, las características del primer tramo (previsto inicialmente como navegable), la propia secuencia de su construcción, las modificaciones de los proyectos por la incidencia de otras obras públicas (autopista, aeropuerto o polígonos industriales), la cambiante delimitación de las zonas regables y, en consecuencia, las previsiones de agua de riego y dotaciones por unidad de superficie. Las referencias bibliográficas sobre la propia obra hidráulica demuestran el interés que suscitó tan ambicioso proyecto. Aunque son muy escasas, o prácticamente nulas, las referencias a la forma en que se llevó a cabo la construcción de sus primeras secciones. No fue la única obra que se realizó por presos políticos en Andalucía, pero sí la más significativa, al menos en las comarcas occidentales. 
    De todas formas, lo que sí conocemos –por la memoria presente y viva de sus testigos– es que el desarrolló de estas obras dejó huelas profundas. Por ejemplo, en el tejido urbano de los alrededores de Sevilla. Las barriadas de Bellavista o Torreblanca no se entienden sin la actividad directa generada por las obras del canal y las transformaciones hidráulicas del Bajo Guadalquivir. 
    Pero, también, de forma indirecta, por las derivadas de una población reclusa que vivió en los campos de concentración al servicio de estas obras, y en cuyos aledaños se asentaron sus familiares en condiciones penosas de supervivencia y drama humano. La realización del «Canal de los Presos» significó no solamente una transformación importante del espacio físico, sino que también se tradujo en un cambio social y urbano en los municipios que recibieron a los prisioneros políticos. En la actualidad todo este proceso ha pasado en buena medida al olvido, con todas las consecuencias políticas y sociales que ello conlleva. Relación de presos de Guadalcanal (Sevilla) que contribuyeron a la ejecución de la obra:

Arenal Cordero, José María. - Agricultor
Barrero García, Carmelo. - Ferroviario
Benítez Pinelo, Antonio. - Agricultor
Bernabé Guerrero, Manuel. - Campesino
Blanco Díaz, Francisco. - Agricultor
Casau Bernabé, Antonio. – Peluquero
Chaves Márquez, José. -Jornalero
Chaves Moyano, José. – Campesino 
Cortés Parra, Manuel. - Agricultor
Cote Blandéz, Francisco. - Campesino
Gallego Barrera; Francisco. - Campesino
Gálvez García, Patricio. - Jornalero
García Gálvez, José. - Jornalero
García García, Ramón. - Vendedor
García Heredia, Manuel. - Campesino
Gómez Burgos, Rafael. - Campesino
Gómez Veloso, José. -Jornalero
González Milán, Narciso. - Jornalero
Gordillo Sampedro, Miguel. - Agricultor
Guerrero Casado, Jesús. - Agricultor
Llanos Capelán, Ignacio. - Jornalero
López Gordón, Francisco. - Peón
Merchán Bernabé, Manuel. - Peón
Muñoz Arenas, Rafael. - Jornalero
Pérez Cámara, Jesús. - Barbero
Rico Rincón, Francisco. - Peón
Rivero Fontán, José. - Oficial Albañil
Vázquez Rodríguez, Carlos. - Matarife

    Este escrito es solo un apéndice para recordar una pequeña parte de nuestra reciente pasada historia, por ello, no quisiera que se interpretase como parte de la llamada “Memoria Histórica”, tampoco quisiera herir susceptibilidades o sacar del fondo del corazón de las familias de los aquí citados, recuerdos y tragedias familiares del pasado, simplemente quiero hacer un respetuoso recuerdo a nuestros paisanos que se vieron involucrado en una guerra sin sentido.

Rafael Candelario Repisa

Fuentes. - Archivo Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, Centro Estudios Turolense, Hemeroteca de ABC y libro “El Canal de los Presos"

sábado, 12 de julio de 2025

INDIANOS DE GUADALCANAL: SUS ACTIVIDADES EN AMERICA Y SUS LEGADOS A LA METROPOLI, SIGLO XVII (1/4)

RASGOS SOCIOECONOMICOS DE LOS EMIGRANTES A INDIAS.

Primera parte

 LA EMIGRACIÓN A INDIAS

Hace unos años, con esta misma ocasión, daba a conocer el valor que los fondos documentales concernientes a capellanías tienen para diversos temas de las relaciones hispano época colonial. No viene al caso repetir por tanto dichos asertos y nos remitimos a ellos a manera de introducción para comprender mejor lo que a continuación se expone. (1) Además, desde entonces y en parte recogiendo más o menos aquel aporte, varios autores han seguido dicha línea temática en otros casos concretos, regionales o locales.
Fundamentalmente insistía en el valor que la documentación de capellanías, junto y como complemento de la relativa a bienes de difuntos (conservada ésta en el Archivo General de Indias), tiene para varios temas: emigración, aspectos económicos, sociales, culturales y artísticos a un lado y otro del Atlántico. Fijémonos ahora en el primer tema: es emigración.
Uno de los fenómenos más llamativos, importantes y trascendentes desde el descubrimiento de América es el de la emigración, que se produce desde 1492 y que no tendrá ya final, cobrando actualidad en nuestros días, proponiéndose a veces como panacea para distintos problemas actuales. Pese a su trascendencia y actualidad sigue siendo uno de los temas más desconocidos del pasado colonial.
Se han barajado cifras y afortunadamente se siguen publicando los catálogos de pasajeros, que ojalá estén completos en unos cuantos años más. Se han rebatido estas cifras y especulado sobre su validez como índice para cuantificar la emigración. Se insiste hasta la saciedad en destacar porcentajes de participación regionales, contrastando regiones y provincias con otras. En fin, aunque es importante medir y calcular cuántos, cuándo, de dónde y adónde fueron, ya es hora de fijarse en quiénes fueron, por qué se fueron y qué hicieron. Sin llegar al estudio biográfico individual, se propone ahora la biografía de grupos, destacando similitudes y rasgos diferenciadores, que además ya ha sido realizada para distintos casos y temas en la historia colonial hispanoamericana. Con ello se conseguirá un conocimiento más profundo de las causas de la emigración, de sus repercusiones a uno y otro lado del Atlántico y en definitiva la conformación social, cultural y económica hispanoamericana. Cuando se habla o escribe de la colonización española en América, con frecuencia se suele caer, o se aproxima a la caída, en alguno de los muchos tópicos, de un sentido u otro, que dicho tema conlleva. De estos españoles salidos para Indias en la Edad Moderna se pinta con frecuencia la imagen de los típicos aventureros, cuasi de Far West, buscadores del Dorado y Amazonas; nuevos «santiagos mataindios» enzarzados en cruelísimas y cruentísimas batallas con los aborígenes; insaciables explotadores de indios; violadores incontinentes de las indias e incansables expoliadores de las Indias. Otros hablan de héroes y semidioses, beatíficos patriarcas y evangelizadores ejemplares, destacados en grandes descubrimientos, conquistas, hechos y batallas.
De los «grandes capitanes» se ha escrito, en uno u otro sentido, hasta la saciedad, aunque queda aún una legión de ellos por conocer más a fondo y no sólo en las grandes batallas. De sus huestes también, aunque con menor insistencia. Y la imagen que estos proporcionan se ha ofrecido, por desconocimiento, para el resto de emigrantes en los diversos siglos.
Incluso si se quitan las celadas, armas y caballos a estos primeros guerreros tal vez se encuentre tranquilos colonos, más preocupados en acrecentar sus haciendas, rentas y encomiendas, a las que dedicaron mucha mayor parte de su vida que no los pocos años o meses que ocuparon en batallas, conquistas y descubrimientos. Pero además la inmensa mayoría de los miles de peninsulares marchados al Nuevo Mundo, lo hicieron en calidad de colonos para ejercer un sin fin de profesiones y ocupaciones en cuyo ejercicio pasaron toda su existencia, sin destacar en hazaña de armas o méritos relevantes por el estilo. Poblaron las nuevas ciudades fundadas por los primeros; se agruparon en nuevas villas, asientos o poblados; levantaron sus casas, molinos, ollerías, herrerías, tejares, obrajes, galpones y tiendas; sembraron sus huertas con frutas, hortalizas y árboles «de Castilla»; sus heredades de viñas y pan sembrar; sus estancias de ganado porcuno, cabrío, caballar, vacuno y lanar; fundaron nuevas familias indianas, roturaron los campos, extendieron los límites de los asientos hispanos y en definitiva colonizaron a su manera y estilo aquella tierra.
De estos colonos casi nada se sabe y es de ellos de los que quiero ocuparme a continuación. Para profundizar el tema y por ventajas que ofrece en cuanto a número de emigrantes y documentación variada disponible, elegí el caso de Guadalcanal que puede ser extendido a otros pueblos y villas de la geografía peninsular. De todos los indianos de dicho pueblo, por limitaciones propias de esta comunicación, se ofrece a continuación una muestra. Para ella me he valido de la información que proporcionan la documentación referente a capellanías, que se encuentra en el Archivo Arzobispal de Sevilla, y cuyas características di a conocer en otra ocasión, la relativa a bienes de difuntos del Archivo General de Indias y otra complementaria, al igual que escasa bibliografía. (2)
Hay que advertir que, si alguno de los indianos reseñados no conoció los años del siglo XVII, sus mandas y legados a Guadalcanal surtieron efecto en dicha centuria por distintas causas y es por lo que se consignan, pese a la delimitación cronológica de estas Jornadas.

INDIANOS ANDALUCES
También di a conocer anteriormente diversos factores que incidieron en el movimiento migratorio de los naturales de Guadalcanal al Nuevo Mundo, destacando la vinculación y proximidad del pueblo a Sevilla y el asentamiento en Indias de distintos vecinos que atrajeron a parientes y paisanos. (3)
Desde fechas inmediatas al Descubrimiento se encuentran relaciones comerciales entre Guadalcanal-Sevilla-Indias, sobre todo en despachos de vino y el pase de mercaderes y emigrantes. (4)
Hay que recordar que el fenómeno migratorio de Guadalcanal realizará fundamentalmente durante el siglo XVI, se si bien continúa en la primera mitad de la centuria siguiente, a menor ritmo, para casi desaparecer a partir de 1650, al menos por lo que demuestran los datos conocidos hasta ahora. Los territorios de máxima atracción serán, en ambos siglos, por mayoría absoluta, Nueva España, seguida de las Antillas y el Perú. Luego se verá cómo en estos ámbitos existen determinados centros o ciudades con varios vecinos de Guadalcanal ya asentados o llegados en diferentes fechas.
Para los períodos de emigración conocidos en el XVI (1506-1540; 1554-1577) se contabilizan 315 individuos de la villa que pasan con frecuencia en grupos familiares. Dicha emigración, aún con el vacío informativo de la etapa 1541- 1553, se efectúa fundamentalmente entre 1527 y 1565. Teniendo en cuenta este factor, que hace pensar en un elevado número de emigrados desconocidos para los años en que no existe documentación, más los que faltan por conocer entre 1577 y 1600, sumados los que se escapan de registros y controles oficiales en su paso al Nuevo Mundo, darán, como mínimo, una cifra superior a los 500 para todo el XVI. Pese a todo, teniendo en cuenta que el número de almas de Guadalcanal en dicho siglo se calcula en unas 5.000 hallamos que, como mínimo un 10 por ciento de la población pasó a Indias. (5)
De estos 500 emigrantes que se calcula, se ha logrado una muestra de 20. La proporción indica que cuantitativa una muestra representativa, pero sí lo puede ser no es cualitativamente.
Con respecto a los seleccionados hay que advertir que tienen distintas motivaciones y limitaciones en su elección como muestra: son los que están «más a mano», aquellos cuyo rastro documental es más próximo, al estar incluidos en las listas de bienes de difuntos del A.G.I. o entre los fundadores de capellanías en las listas de las mismas del Archivo Arzobispal de Sevilla.
Ahora bien, dichas premisas no significan que por ello tenga que ser un grupo homogéneo en origen, comportamiento, fortuna, etc. Su aparición entre la documentación de bienes de difuntos sólo conlleva, generalmente, que murió, con testamento o sin él, en Indias, sin herederos forzosos allí, o bien que el total o parte de su hacienda fue reclamado, por una causa u otra, desde la Península.
En cuanto a la fundación de capellanías u obras pías, para nada delimita el status social o económico del individuo, y que las mismas oscilan en cuantía sin que tuviera que existir un máximo inalcanzable para amplios sectores, como en el caso de los mayorazgos, o un mínimo tal que fuera igualmente difícil de conseguir. Posteriormente se desarrollarán estos asertos al analizar las características del grupo.
Si por una parte la documentación de bienes de difuntos, como su nombre indica, es más precisa en cuanto a los de cada uno de ellos por incluir generalmente su testamento o almonedas, así como los reclamantes en la Península, los de capellanías agrandan el panorama del entorno familiar y social de cada fundador en Guadalcanal; informan del destino posterior de estos caudales y su inversión en el pueblo, si bien omiten muchos datos de su actividad o rastro en América, ya que a este efecto sólo se suele incluir la cláusula del testamento en que se refiere a la capellanía u obra pía.
Pese a la relatividad de la información siempre obtenemos más riqueza de datos que la proporcionada por la simple licencia de embarque o lista en catálogos diversos. Pese a todo, y más que biografías completas, podremos trazar un perfil sociológico de este grupo cuya semblanza e imagen se podrá trazar y adivinar con sucesivas investigaciones.

SEMBLANZA PERSONAL Y FAMILIAR
La primera característica más destacable de los 19 seleccionados es la mayoría absoluta de varones frente a una sola mujer.
Mientras en la lista de capellanías de Guadalcanal, india encontramos un sin número de fundadoras, en las de bienes de difuntos son escasas las hembras que aparecen, y no solamente para esta villa sino para el resto peninsular. Sin duda ello se debe a que pocas mujeres fueron «sueltas» o desparejadas a Indias o siguieron en tal estado allí, mientras que los varones sí lo hicieron con frecuencia. Por otra parte, gran cantidad de mujeres del pueblo habían acompañado a sus maridos, hermanos o parientes a los distintos lugares del Nuevo mundo donde se establecerían más tarde, como Mariana Vélez de Ortega, una de las primeras que llegaron a la Nueva España. (6)
Pocos datos se conocen de la edad al pasar a Indias, al fundar las capellanías o al testar. En el momento de su viaje se puede adivinar, por referencias, la de dos o tres: un hombre adulto que deja hijos jóvenes en el pueblo y otro casado en segundas nupcias que dejaba varios hijos de ambos matrimonios. Al testar se supone, por distintas referencias, que la mayoría lo hace a una edad avanzada (dentro de la esperanza de vida del Antiguo Régimen): uno lo indica expresamente al estar en cama poco antes de morir y no poder firmar por su estado; otra, la única mujer, (Beatriz del Castillo), al estar presente en su testamento un nieto como testigo. Del resto se deduce por la edad de sus hermanos, hijos y sobrinos en España.
En cuanto al estado civil se conoce directamente siete casos en que queda especificado en la documentación y mayoritariamente lo especifican los casados. En cuatro casos más podemos pensar que, por su testamento y final de sus bienes, se trata de hombres solteros a quienes heredan sus hermanos, sobrinos o parientes. No hay pues ninguna similitud en ellos. Salvo uno casado en América, con mujer de distinta natura los casados habían dejado sus familias en la península regional, y sus mujeres eran igualmente de Guadalcanal o pueblos próximos (Llerena). Beatriz del Castillo, muerta en Salta, era viuda de un Alonso González Sancha, con quien debió pasar a Indias, y era posiblemente del mismo pueblo que su mujer, por sus apellidos.
Cinco de los casados dejaron descendencia legítima en España o Indias; uno, más abundante mestiza (cinco frente a uno) y otro que no la tuvo de su matrimonio, sí la consiguió en América teniendo un hijo mestizo. En cuatro casos más, sol sabemos que no tuvieron descendencia legítima y en el-teros, resto de los casos se ignora.
No obstante, abundan los datos sobre los parentescos de estos individuos en Guadalcanal e incluso entre sí. Prácticamente todos dejaron hermanos en el pueblo (de uno a cinco siendo más frecuentes dos o tres); dos estuvieron acompañados por uno de ellos en América y algunos presentan ciertos parentescos. Entre todos encontramos en distintos lugares y fechas a Luis Funes de Bonilla, Juan Bonilla Mexía, Alonso de Bonilla y Gonzalo de Bonilla Barba, parientes por el apellido común, en distinto grado; Antonio de Bastidas, pariente también de los anteriores: y a Diego Ramos Gavilanes y Álvaro de Castilla, igualmente parientes.

Notas.-
(1) Ortiz de la Tabla Ducasse, Javier; Emigración a Indias y fundación de capellanías -en Guadalcanal. Siglos XVI-XVII, en «Actas de las I Jornadas de Andalucía y América». Huelva, 1981, tomo I
(2) Los expedientes y documentos de capellanías se encuentran en la sección Capellanías (C) del Archivo Arzobispal de Sevilla (A.A.S.), en los siguientes legajos: 856-3; 858-5; 859-6; 860-7; 862-9; 866-13; 871-18; 837-20. Los relativos a bienes de difuntos se hallan en la sección Contratación del Archivo General de Indias de Sevilla (A.G.I.) en los siguientes legajos: 202-10; 203-12; 256 A-1; 264-9; 276-1; 276-2; 312-9; 316-A; 326-A; 351 B; 362-7; 378-3; 381 A-3.
(3) Ortiz de la Tabla Ducasse, Javier: op. cit., págs. 450-454.
(4) Vid. Catálogo de los Fondos Americanos del Archivo de Protocolos de Sevilla. Sevilla, 1930-1937, 5 vols., y, Bermúdez Plata, Cristóbal: Catálogo de pasajeros a Indias, 1509-1559. Sevilla, 1940-1946, 3 vols. y Boyd-Bowman, P.: Índice geobiográfico de 40.000 pobladores españoles de América en el XVI. Bogotá, 1964 y México, 1968, 2 vols.
(5) Ortiz de la Tabla Ducasse, Javier: op. cit., págs. 448-449.
(6) Bovd-Bowman, P.: op. cít., tomo II, pág. 263.

JAVIER ORTIZ DE LA TABLA DUCASSE

sábado, 5 de julio de 2025

Guadalcanal Monumental 17

    

HOSPITAL DE LA CARIDAD

    Sin que podamos precisar la fecha exacta de la fundación del hospital de caridad que con el título del Santísimo Cristo del Amparo existió antiguamente en Guadalcanal, sabemos por un libro de Acuerdos que de él se conserva que, hallándose extinguida esta cofradía, el día 25 de septiembre de 1722 don Pedro Navarro solicitó del Ayunta­miento la reorganización de la misma, al objeto de socorrer a los en­fermos pobres de esta villa. Accedió el Cabildo Municipal, según testimonio del escribano don Pedro González de Figueroa, pero reservándose el derecho de designar los mayordomos-administradores de dicho centro.

Reglas de la Hermandad que fueron nuevamente establecidas:
1ª. La Junta de gobierno estaría integrada por dos hermanos mayores uno sacerdote y otro seglar, que lo fueron precisamente don Fer­nando Abarranca Caballero, presbítero, y don Ignacio de Ortega, regidor; un mayordomo-administrador, cargo que recayó en don Pedro Navarro; un secretario, que fue nombrado el escribano don Pedro González de Figueroa, y un vicesecretario, don Alonso Monago Solano, presbítero.
2ª. La elección de estos cargos -que se haría por votación secreta- se realizaría anualmente el día de San Miguel Arcángel.
3ª. El mayordomo-administrador presentaría las cuentas habidas du­rante el año al resto de la corporación, con expresión de justifican­tes de gastos y de cuantos pormenores se estimasen necesarios.
4ª. Si al tiempo de la exhibición de las tales cuentas el administrador resultase alcanzado, se le concedería el plazo de un mes para satisfacer el déficit.
5ª Los hermanos mayores confeccionarían un inventario de los bienes muebles y raíces y demás instrumentos pertenecientes a este hospital con expresión nominal de los censualistas, fechas de imposición, cuantías de principales y rentas y nombres de los escribanos antes quienes pasaron dichos documentos.
6ª Realizada la elección de oficios, el secretario haría saber a los nuevos componentes de la Junta el estado del caudal y alcance habido en el saliente gobierno.
7ª El número de hermanos sería de treinta y tres "en reverencia a la edad de Nuestro Señor", trece sacerdotes y el resto seglares, de modo que éstos fueran personas de escasa ocupación y aquellos tuvieran facultad para administrar los sacramentos a los enfermos de este hospital.
8ª Un hermano clérigo y otro seglar asistirían, mensualmente y por orden de antigüedad, a la comida y curación de los enfermos.
9ª Para realizar dicha asistencia, el secretario avisaría a los hermanos que hubiesen de estar en turno con seis días de antelación.
10ª Cuando algún acogido se hallase en peligro de muerte, los hermanos establecerían un turno de vela de dos horas cada uno, con obligación de encomendar su alma a Dios.
11ª En caso de fallecimiento de algún hospitalizado los hermanos mayores designarían una comisión para postular por la población a fin sufragar los gastos de entierro, al que había de asistir los hermanos sacerdotes tocados de sobrepelliz y los seglares llevarían el cadáver hasta la parroquia de Santa María, a cuya collación pertenecía dicho centro benéfico.
12º Para tratar sobre asuntos de gobierno, todos los martes se reuniría la Hermandad en el domicilio del hospital, dándose por irrefutable los acuerdos que se tomasen con que sólo asistieran uno de los hermanos mayores, ocho hermanos y el secretario. Y puesto que los componentes de esta reedificación tenían a su cargo la organización y conservación del rosario de la aurora que salía del hospital de Nuestra Señora de los Milagros, éste quedó agregado a la Hermandad de caridad.
13ª En tiempo de recolección de los frutos la Hermandad pediría por el pueblo, dando cuenta del producto al mayordomo.
14ª El día 16 de julio de cada año festividad del Triunfo de la Santa Cruz -entonces-, esta Hermandad celebra función principal y comunión general en la iglesia de Santa María satisfaciendo a su beneficio el estipendio corresponde
15ª Para someter a arrendamiento al modo de públicas subasta las fincas rústicas y urbanas que este hospital tenía, se acordó hacer una relación de ellas y se fijara en la Plaza Mayor
16ª.Los hermanos mayores sólo podrían ser elegidos dos veces, y para ello, deberían haber transcurrido tres años desde el anterior oficio. Bajo ningún pretexto ni título podrían estos modificar las presentes constituciones y sí se le confería, en cambio, facultad para reformar algún punto siempre que no fuera en contra de los estatutos.
Solicitaron del provisor de Llerena la aprobación de estas Reglas, la cual, en 30 de septiembre de don Pedro de Cárdenas Barreda.
Arquitectónicamente, la capilla que este hospital de la Caridad, tenía aneja -hoy en lamentable estado de manteniendo en el altar mayor bóveda de trapezoidal; arco triunfal apuntado y otro de medio punto con arquivolta magníficamente decorada en el lado del Evangelio del anteprevisterio.

Hemerotecas

sábado, 28 de junio de 2025

GUADALCANAL EN SU SIGLO DE PLATA 3/3

Agustín de Zárate ¿* Valladolid 1514 + Sevilla 1560?

Administrador General de las minas de Guadalcanal

             De Ortiz de Zarate tanto las enciclopedias consultadas como la Biblioteca Nacional o la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, no existen fechas exactas de su lugar de nacimiento y fecha de deceso, la mayoría sitúan como fecha de nacimiento en 1514 en la ciudad de Valladolid y su fallecimiento en Sevilla en 1560, otras los sitúan en fechas y ciudades diferentes, inclusive en una entrada de la Real Academia de la Lengua en el que sitúan su nacimiento en la ciudad Alavesa de Orduña y su muerte según describe J.C. Santomayo en el mes de Mayo de 1570 en Madrid.

            Teniendo gran importancia como administrador de Minas del Reino y administrador general de las minas de Guadalcanal, de la que fue nombrado al año siguiente de sus descubrimiento por Carlos I, teniendo gran influencia en la corte y marcando la vida de Guadalcanal y su minas administrando su riquezas durante más de tres años, su faceta en la que los historiadores se detienen más en la de escritor, aun no siendo cronista oficial de la Corona, su libro “Historia del descubrimiento y conquista de las Provincias del Perú, y de los successos que en ella ha auido, desde que se conquistó hasta que el Licenciado de la Gasca... boluio a estos reynos... / la qual escreuia Agustín de Çarate", que fue impreso en 1555 en Amberes, el mismo año que fue nombrado administrador general de las minas de Guadalcanal, y reimpresa en Venecia en 1563 y en Sevilla en 1577, además, fue traducida al francés, el alemán, el inglés y el italiano, de gran calidad literaria, la obra no deja de hacer patente la concepción personal del autor en la narración de unos hechos en los cuales, en muchos de ellos, él tomó parte.

            Esta obra fue encargada por el príncipe y futuro rey Felipe II, narrando de una forma veraz la verdadera historia de la conquista de Perú y sus acontecimientos anteriores y posteriores a la conquista y teniendo el final cronológico en 1548 coincidiendo con la muerte de Gonzalo Pizarro. Coincidió en América con Francisco de Mendoza, Durante los quince años anteriores a su vuelta a España, fue Contador del Consejo de Castila y en el año 1543 fue nombrado contador de mercedes del virreinato de Perú y Tierra Firme, legando a América un años después con la expedición del primer virrey, Blasco Núñez de la Vela, fue nombrado por la Audiencia de Lima como negociador en la contienda entre las tropas de los encomenderos de las que estaba al mando Gonzalo Pizarro y la casa del virrey, siendo apresado en plenas negociaciones, finalizando esta contienda en la batalla de Iñaquito (donde se asienta en la actualidad la Republica de Ecuador), cerca de la ciudad de Quito donde fue derrotado y decapitado el primer virrey de Perú Blasco Núñez de la Vela, liberado Ortiz regreso a España, donde tuvo que hacer frente a una acusación de sedición y traición al Imperio Español.

            Durante la última etapa de su vida se retiró a la que parece ser que era su tierra natal y fue nombrado encargado de aduanas de Vitoria y Salvatierra, donde se dedicó a escribir y narrar las vivencias de su periplo en tierras americanas, describiendo la verdadera historia de la cruel colonización y saqueo de aquellas tierras, igualmente se la atribuye “Censura de la obra "Varones ilustres..." de Juan de Castellano”.

Fuentes. - Archivo Histórico Nacional, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Espasa y autor.

Rafael Spínola Rodríguez

sábado, 21 de junio de 2025

NI MORTAL, NI INMORTAL


La virginidad de nuestra alma

            Sentado en una piedra y en el ocaso de su vida, un anciano le dijo a su hijo: “Ni celeste ni terrestre te hicimos, ni mortal, ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y hora, te forjes la forma que prefieras para ti (...) ¡Altísima y admirable dicha del hombre!... Al que le fue dado tener lo que desea, ser lo que quisiere.” (Oración acerca de la dignidad del hombre. - Giovanni Pico della Mirandola (1484).

            Tocados con un exceso de inteligencia, los humanos somos los únicos mamíferos que saben que van a morir poco después de nacer, que conocen su propio final cuando aún no han terminado de escribir el prólogo de su vida, y que desde hace milenios albergan una común y viva fantasía: “burlar a la muerte con falsas triquiñuelas”.      

            Con este fin inventamos hace milenios las religiones y el pecado mortal, la literatura y el espiritismo, con este fin diseñamos filosofías inmortales y construimos imperios caducos, exploramos nuevos mundos y los colonizamos destruyendo sus creencias y culturas, o ingenuamente hacemos el amor para volver a nacer o para dejar de morir, o simplemente para creer que así seguiremos viviendo para siempre perpetuando nuestra especie.

            Desde hace apenas un par de siglos los occidentales nos instalamos en la llamada era moderna y hemos desterrado la idea de la reencarnación que proclamaban las diferentes culturas y religiones y hemos depositado nuestra confianza sobre todo en la ciencia, abandonando la idea de la vida eterna y la persecución de la piedra filosofal y la fuente de la eterna juventud, esperamos que nuestros sesudos congéneres desentrañen las causas físicas de la vejez y la muerte con el fin de contrarrestarlas, para que los ricos puedan invertir en su futuro y los pobres nos tengamos que hipotecar en el presente y así entre todos encontrar el elixir mágico que pueda derrotar de una vez para siempre al enemigo común y final, la muerte.

            Claro que todo esto me suena a vanidad humana, tan sólo vanidad de alcanzar mediante nuestro ingenio lo que al mundo natural le está vedado: la vida eterna, durar para siempre, y así poder seguir destruyendo día a día nuestro hábitat, programar guerras a más largo plazo, seguir pisando a nuestros semejantes, pero eso sí, todo esto, eternamente, en definitiva, ser quienes somos pero sin fecha alguna de caducidad, sin capacidad para seguir respetando la ley física del resto de los mamíferos, vivir, reproducirse y morir dignamente.

            Nuestra arrogancia sin límites sólo se ve superada por nuestra infinita ignorancia, pero seguimos intentándolo, todos los credos y dogmas se basan en la promesa abierta de la inmortalidad, una eternidad invisible a nuestros ojos e incrustada en nuestra mente, una impalpable vida eterna que continúa después de la muerte sin interrupción y sin maldad, lo cual exige perpetuar una porción de nosotros que, a diferencia de este cuerpo de carne, sangre y hueso, no muere jamás y que las diferentes doctrinas laman: el alma.

            Los creyentes creen que la muerte deja de ser el final para pasar a ser la liberación de nuestra pequeña inmortal porción de parte buena del ser humano del resto, y su viaje a un plano diferente de la existencia donde nos espera la eternidad, ¿pero nos han preguntado si queremos ser eternos?, o será simplemente un castigo si no hemos cumplido con las exigencias del dios de cada cual, o tal vez sería una recompensa por ser imperfectos, si hemos llevado a cabo los adecuados rituales de no ser piadosos de manera dictada y prescrita con los demás humanos, pero repito, si esto es la vida eterna, tendrían que consultarnos antes de enviarnos para allá.

            Yo no me quiero desprender de mi cuerpo, sus indignidades, amores, buenas acciones y debilidades, el ser humano no puede ser igual que una crisálida, utilizar nuestro cuerpo como un contenedor temporal, creo que nuestro verdadero “yo” vive para siempre, según dice un proverbio árabe “la muerte no me asusta, porque cuando yo estoy ella no viene y cuando ella venga yo ya no estaré” o algo parecido.

            Finalmente, no debería extrañarnos la obsesión humana por la muerte, el instinto de supervivencia es básico en todos los animales e igual que ellos sentimos el impulso visceral y brutal para esquivar a la muerte, el frenético deseo de vivir estaba ahí mucho antes de que nuestro redondeado y prominente cerebro cayera en la cuenta de que a uno mismo le toca morir, nacemos con ese don, los animales matan y mueren, pero no saben qué les va a ocurrir a ellos; no tienen el impulso de vivir eternamente, dado que en cierto sentido todos ellos viven en una eternidad, un tiempo sin futuro ni pasado, un tiempo sin muerte programada.

            Hoy, me gustaría tener esperanza en la otra vida, pero lamentablemente nadie jamás ha vuelto del otro lado de la muerte para confirmarlo; aunque muchos hayan alegado haberlo hecho, reencarnados en seres más humanos, buenos y honrados, las pruebas indican lo contrario, la vida es el principio de un ciclo y la muerte el final de un instante, así que solo nos queda… La virginidad de nuestra alma.

RAFAEL SPÍNOLA RODRÍGUEZ